Mi papá estuvo 22 años con Losartán, Enalapril, Atorvastatina y Amlodipino para la presión.
Cuatro medicamentos al mismo tiempo. Cada uno recetado por un cardiólogo distinto del IMSS, sin que ninguno le explicara por qué sus arterias dejaron de funcionar en primer lugar.
Los medicamentos lo destruyeron por dentro antes de que el derrame terminara de matarlo por fuera.
Yo me negué a seguir ese mismo camino. Y para cuando termines de leer esto, vas a estar furiosa. Como yo lo estuve.
Don Roberto, mi papá, era contador. Empezó con presión a los 56. Su cardiólogo del IMSS le recetó Losartán de 50 mg, una pastilla en la mañana. Dos años después, le sumaron Enalapril porque el Losartán "ya no daba el rango". A los cuatro años, Atorvastatina para el colesterol que también había subido — efecto de cargar los medicamentos al hígado durante años. A los seis años, Amlodipino porque la presión seguía oscilando entre 145 y 160.
Para los 70 años, mi papá se tomaba 8 pastillas diarias. Despertaba con el corazón apretado. Subía las escaleras y se sentaba a media subida. Se le hinchaban los tobillos al final del día. Le costaba leer el periódico más de 10 minutos seguidos. Mi mamá decía que era como ver al hombre con el que se casó apagándose por dentro un poquito cada año.
22 años cambiándole medicamentos y subiéndole dosis. Y ni una sola vez alguien le preguntó por qué sus arterias se habían vuelto rígidas en primer lugar.
Murió a los 78. Una tarde de jueves, en su sillón viendo el noticiero. Mi mamá pensó que se había quedado dormido. Cuando se acercó a despertarlo, ya no respiraba. Derrame cerebral. Tres días antes su última lectura "controlada" en el IMSS marcaba 158/94 — y el doctor le había dicho "está controlada, Don Roberto, no se preocupe".
Su presión "controlada" en papel. Pero sus arterias por dentro destruidas por dos décadas de medicamento que nunca tocó la causa real.